Archivo para Bill Gates

LA REGLA DE LAS 10.000 HORAS

Posted in Marketing News, Mis lecturas with tags , , , , on 29 de noviembre de 2012 by Mario Prieto

Bill Gates, un joven y brillante matemático que descubre la programación. Deja Harvard. Funda con sus amigos una pequeña empresa de informática llamada Microsoft; y a fuerza de pura brillantez, ambición y cuajo, la convierte en un gigante del sector del software. Hasta aquí, el perfil en sentido amplio. Pero vamos a cavar un poquito más profundo.  El padre de Gates era un rico abogado de Seattle; y su madre, hija de un banquero acomodado. De niño, Bill se reveló como un telento precoz, fácilmente aburrido por los estudios; así que sus padres lo sacaron de la escuela pública y, cuando iba a empezar el séptimo curso, lo enviaron a Lakeside, una escuela privada a la que las familias de la elite de Seattle enviaban a sus hijos. A mitad del segundo año de Gates en Lakeside, la institución creó un club informático.

Todos los años, el Club de Madres de la escuela organizaba un mercadillo de artículos usados; y siempre estaba la pregunta de adónde iría el dinero (recuerda Gates). A veces se destinaba al programa de verano, que permitía a los chicos de ciudad pasarlo en el campus. También se destinaba a las necesidades de los profesores. Aquel año se invirtieron tres mil dólares en una terminal informática sita en cuartito del que precedimos a apoderarnos. Nos parecía una cosa asombrosa.  Y tanto, porque era 1968. Y en los años sesenta ni siquiera las universidades tenían clubes informáticos. Pero más asombrosa aún fue la clase de ordenador que adquirió Lakeside. Esta escuela no hizo aprender programación a sus estudiantes mediante el laborioso sistema de tarjetas perforadas, como hacían prácticamente todos los demás en los sesenta. Por el contrario, Lakeside instaló el llamado ASR-33 Teletype, una Terminal a tiempo de compartido con conexión directa a un ordenador central en la ciudad de Seatle. Teniendo en cuenta que la idea misma de tiempo de proceso compartido no se concibió hasta 1965, alguien estaba tomando la delantera: si Bill Joy tuvo una oportunidad extraordinariamente temprana de aprender programación con un sistema de tiempo compartido en su primer año universitario, 1971, en 1968, Bill Gates pudo programar en tiempo real mientras cursaba octavo de educación básica.

A partir de aquel año, Gates vivió en la sala del ordenador. Él y otros empezaron a enseñarse a sí mismos cómo usar aquel extraño dispositivo nuevo. Ni que decir tiene que alquilar una Terminal entonces puntera como la ASR salía caro incluso para una institución tan rica como el Lakeside, así que los 3.000 dolares recaudados por el Club de Madres no tardaron en agotarse. Los padres recaudaron más dinero. Los estudiantes se lo gastaron. Entonces, un grupo de programadores de la Universidad de Washington formó un equipo llamado Computer Center Corporation (o C al Cubo), que arrendaba  horas de ordenador a empresas locales. Quiso la suerte que una de los fundadores de la firma, Monique Roma, tuviera un hijo en Lakeside, un año por delante de Gates. Y el club informático de Lakeside, se preguntó Rona ¿no le gustaría probar los programas de software de la empresa durante los fines de semana a cambio de tiempo de programación gratuito? ¡Pues no faltaba más! Después de la escuela Gates, tomaba el autobús a las oficinas de C al Cubo y programaba hasta bien entrada la noche.

C al Cubo acabó por quebrar, lo que dejó a Gates y a sus amigos merodeando alrededor del centro informático de la universidad de Washington. No tardaron en dar con otra empresa, ISI (Information Sciences Inc), que les cedió horas de ordenador gratuitas a cambio de su trabajo en un software para automatizar nóminas de empresa. Durante un periodo de siete  meses de 1971, Gates y sus cohortes sumaron 1.575 horas de tiempo de programación con la unidad central ISI, lo que hace un promedio de ocho horas, siete días por semana.  Era mi obsesión (cuenta Gates al hablar de sus tempranos al año del instituto). Me saltaba la educación física. Iba allí por las noches. Programábamos durante los fines de semana. Rara era la semana que no echábamos veinte o treinta horas. Hubo un periodo en el que Paul Allen y yo nos metimos en líos por robar un manojo de contraseñas y bloquear el sistema. Nos echaron. Durante todo el verano no pude usar el ordenador. Esto fue cuando yo tenía quince o dieciséis años. Entonces averigüé que Paul había encontrado un ordenador libre en la universidad de Washington. Tenían estas máquinas en el centro médico y el departamento de Física. Trabajan sobre un programa de 24 horas, pero con grandes periodos inactivos, de modo que entre las tres y las seis de la mañana había un hueco de tres horas (ríe Gates). Salía de noche, pasada mi hora de acostarme. El trecho desde mi casa a la Universidad de Washington podía cubrirse a pie. También tomaba el autobús. Por eso soy siempre tan generoso con la Universidad de Washington, porque me dejó robar tantas horas de ordenador.

Años más tarde la madre de Gates dijo:

-Siempre nos preguntábamos por qué le costaba tanto levantarse por las mañanas.

Entonces, uno de los fundadores de ISI, Bud Pembroke, recibió una llamada de la empresa tecnológica TRW, que acababa de firmar un contrato para informatizar la enorme central eléctrica de Bonneville, al sur del estado de Washington. TRW necesitaba desesperadamente programadores familiarizados con el software concreto que usaba la central. En aquellos días tempranos de la revolución informática, era difícil encontrar programadores con esa clase de experiencia especializada. Pero Pembroke sabía exactamente a quién llamar: a aquellos chavales de Lakeside que llevaban miles de horas encima del ordenador central de ISI. Gates ya estaba en su último año de instituto; y de algún  modo se las arregló para convencer a sus profesores de que le dejaran mudarse a Bonneville, con motivo de un proyecto independiente de estudios. Allí paso la primavera escribiendo códigos, bajo la supervisión de un hombre llamado John Norton, que al decir de Gates le enseñó más de programación que ninguna otra persona que hubiera conocido antes.Aquellos cinco años que van desde octavo grado al final del instituto fueron el Hamburgo de Bill Gates, quien, se mire como se mire, supo aprovechar una serie de oportunidades aún más extraordinaria que la que disfrutó Bill Joy.La oportunidad número uno consistía en que Gates fue enviado a lakeside. ¿Cuántos institutos en el mundo tenían acceso a una Terminal a tiempo compartido en 1968? La oportunidad número 2 consistía en que las madres de Lakeside tenían bastante dinero para pagar las tarifas del ordenador escolar. Número tres: cuando aquel dinero se agotó, resultó que una de las madres trabajó en C al Cubo, que a su vez necesitaba a alguien que comprobase sus códigos de software durante los fines de semana que pasara a las noches entre semana. Número cuatro: Gates descubrió ISI poco antes de que esta empresa necesitara a alguien que informatizase sus nóminas. Número cinco: Gates vivía a escasa distancia de la Universidad de Washington. Seis: la universidad tenía un ordenador  libre tres horas al día. Siete: TRW llamó a Bud Pembroke. Ocho: los mejores programadores que Pembroke conocía para una tarea dada resultaron ser dos chavales de instituto. Nueve Lakeside estaba dispuesta a permitir que estos chavales pasaran la primavera escribiendo códigos en otro lugar.

¿Y que tenían en común prácticamente todas aquellas oportunidades? Que le dieron a Bill Gates tiempo suplementario para practicar. Cuando Gates dejó Harvard después de su segundo año de su estudiante para probar suerte con su propia empresa de software, llevaba siete años consecutivos programando prácticamente sin parar. Había sobrepasado con creces las diez mil horas. ¿Cuántos adolescentes del mundo reunían la clase de experiencia que tenía Gates?

– Me sorprendería mucho que hubiera habido cincuenta en todo el mundo- contesta él-. Estaba C al Cubo y aquel software para nóminas que hicimos; y luego llegó TRW, todas aquellas cosas llegaron juntas. Creo que tuve mejor acceso al desarrollo de software a una edad temprana que ninguna otra persona en aquel periodo de tiempo, y todo debido a una serie increíblemente afortunada de acontecimientos.

Artículo a partir de la lectura del libro “Fueras de serie” (Outliers). Malcolm Gladwell. Taurus 2009.

 

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“MAIN STREET, NO WALL STREET”

Posted in Opinión with tags , , , , , , , , , on 24 de septiembre de 2012 by Mario Prieto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Todos mantenemos permanentemente una relación de amor y odio con las grandes empresas. Yo creo que nuestra cultura occidental está mucho más en sintonía con los retos de las pequeñas empresas de una Main Street que con las grandes empresas de sus primos de Wall Street.

Muchos de nosotros seguimos pensando que lo ideal es trabajar para una compañía pequeña, o mejor aún trabajar para uno mismo, ser nuestro propio jefe, crear nuestra propia vida. Puede que la tienda familiar de la esquina haya desaparecido de los barrios, pero aún creemos que es el mejor ejemplo de lo que apreciamos (servio personal, comunidad, trabajo duro, independencia). Ya no somos, en occidente, países de campesinos y comerciantes, pero aún apreciamos, y veneramos, q quienes lo son. Por lo tanto, cuanto más convincentemente se pueda presentar la empresa con la que emprendemos, como personal, tangible, realista y en contacto con el cliente, las virtudes de una pequeña empresa, mejor llegaremos a nuestros clientes  que desprecian el carácter impersonal de las corporaciones gigantes, si bien les encantan las innovaciones en velocidad, servicio y capacidades que proporcionan (Suficientemente grande para servirle; suficientemente pequeña para cuidarle).

Hewlett Packard cuando se convirtió en una compañía multimillonaria, siempre dio gran prominencia y tuvo un gran respeto por su propia historia, simbolizada por el pequeño garaje de Palo Alto en el que sus fundadores iniciaron su andadura con un pequeño negocio. El simbolismo de una Main Street es y será siempre de vital importancia para, principalmente las empresas estadounidenses.Así, mientras que las Main Street son soleadas, cálidas, personales y accesibles, Wall Street, por el contrario, se ve como algo global y frío, con estructuras de vidrio estéril y cubículos de oficina llenos de procesadores de números más preocupados por los beneficios que por las personas. Las viejas calumnias contra los barones ladrones de la edad dorada en realidad nunca dejaron de tener credibilidad entre nosotros y menos en los tiempos que corren. Hoy más que nunca seguimos sospechando de las grandes concentraciones de las antiguas riquezas que todavía simbolizan Wall Street hoy, aunque envidiamos a un Amancio Ortega, Bill Gates, Steve Jobs y a los muchachos de Google sus miles de millones, porque empezaron desde abajo, como pequeñas empresas, y crecieron delante de nuestros propios ojos.

La frase “Main Street, no Wall Street” es realmente un mensaje de servicio, atención y consideración hacia el cliente, y de esa interacción entre las empresas y los consumidores que solía ser la norma en todas las empresas de Occidente. Se trata de tomar los conceptos utilizados en comunicación política de individualización, personalización, empatía y humanización, y aplicarlos a productos, servicios, y relaciones con los clientes. Por lo tanto, hablemos de los valores Main Street y tengamos en mente este tipo de calle. Wall Street evoca ganancias materiales; Main   Street evoca personas. Wall Street evoca codicia; Main Street evoca verdor. Wall Street evoca compras y adquisiciones; Main Street evoca familia.

Artículo escrito a partir del libro “La palabra es poder” de Frank Luntz       

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